EL SEÑOR L, EL LECHERO.

Hemos comenzado la semana conociendo al Señor L, el lechero del País de las Letras.

¿Queréis conocer su historia?

Gracias al lechero L, los niños del País de las Letras crecían sanos y fuertes, porque la leche es un alimento muy importante. Nuestro llllllechero, señor L, hacía mantequilla con la leche que le sobraba y se la vendía al señor P (el pastelero), a la doctora le llevaba batidos para que se los recetase a los niños enfermos, y hacía queso para vender, porque es muy nutritivo y pone a los niños muy fuertes.

Todas las mañanas el lechero se levantaba muy temprano para ordeñar las vacas. La leche la ponía en las lecheras y la llevaba con un carro por la ciudad.

Al llegar cerca de la casa de sus clientes, gritaba: ¡Lllllechero, vendo rica leche! ¿Quién quiere comprar leche?…¡Llllllechero! La gente dejaba sus trabajos y salían a la calle a comprar la leche necesaria para su familia.

Los reyes hacían lo mismo porque también necesitaban leche para sus hijos. A la princesa O y al príncipe E les encanta la leche fría, la toman como el agua a la hora de comer. La princesa I sólo tomaba medio vaso, porque como es tan delgada enseguida se llenaba.

Con ella les hacían ricos flanes, natillas con bizcochos o chocolate para mojar los picatostes que el panadero P les llevaba cada mañana. Hasta la princesa I se alegraba cuando sus padres preparaban aquellos deliciosos postres.

El príncipe E, tan travieso como siempre, un día quiso llevar la pesada lechera que el señor L había dejado en el jardín. Cuando ya había conseguido levantarla bastante, tropezó y se cayó, y con él la lechera y la leche. Parecía que se había dado una ducha de nieve, con toda la leche por encima. !Estaba tan blanco!

Un perrito que había por allí se acercó a beber la leche y a lamer la ropa de nuestro amigo el travieso príncipe E. Como siempre, acabó en la ducha. Tuvieron que ponerle ropa limpia. El rey U pagó la leche que se había caído, pero luego el príncipe tuvo que ir devolviendo poco a poco lo que valía la leche derramada, quitándolo de sus propinas.

Normalmente, cuando el lechero terminaba su trabajo, se iba al huerto a coger llllechugas, que le encantaban en la ensalada. Un día se llevó de paseo a las vacas. Las dejó a la orilla del río pastando hierba fresca, pero, cuando se dio cuenta, ya las tenía dentro del huerto comiéndose las lechugas, así, solas, aunque no estuvieran en ensalada. No pudo enfadarse, pues la culpa era suya por no tener más cuidado. La próxima vez las dejaría atadas para que no hiciesen travesuras.

En estos días, iremos conociendo más cosas sobre el señor L. De momento, una la canción de nuestro lechero.

¡Hasta mañana! 

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